Liliana Chiquinquirá Medina/ Para Notimercio
Un relato íntimo sobre identidad, heridas que atraviesan la vida de una mujer marcado por la infancia y el proceso de reconstrucción de sí misma.
Nací el viernes 29 de diciembre de 1978, a las 8:25 p.m., en el Hospital Central Dr. Urquinaona, de Maracaibo.
Mi madre, E. Teresita Lugo, tenía 29 años. Mi padre, José Agustín Medina, 42. Mami esperaba un varón. Ya tenía su primogénita, ocho años mayor.
Fui producto de una reconciliación forzada.
Papá le dio puñetazos al vientre de mamá en su octavo mes de gestación y ella solía decir: de haber sabido que eras hembra debía haberte perdido por esa paliza.
Cuando esa noche me entregaron en sus brazos, le dieron arcadas.
Dijo que si logré nacer debía ser su hijo.
Lo repitió por décadas. Al cumplir 26 años la confronté, alegó que eran inventos míos. Después se encogió de hombros: ¿y qué?.
Aprendí a ocupar los márgenes, a anticiparme a lo catastrófico. Si algo podía salir mal, salía mal.
Tendría unos siete años cuando vi a mi padre estrellar en la mandíbula de mamá una botella de cerveza.
Fue un golpe hueco, y algunos dientes cayeron mientras de su boca brotaba una marejada carmesí.
Con las manos retorcidas y su espalda curveada por el dolor recogió del suelo, como pudo, una perla ensangrentada.
Verla así, buscando ese pedazo de sí misma, quebró mis cimientes.
Pese a todo, era mi mamá. Y algunas veces, también era buena conmigo.
Pero también estaba la anulación cotidiana que mi madre ejercía sobre mí.
Ser mujer empezó ahí: en la desaprobación, en la certeza de que mi sexo fue una decepción desde que abrí mis ojos.
Con los hombres el mundo está organizado de antemano. Ellos hablan, deciden, se les escucha.
Años después, mi esposo dijo: si tenemos hijos, quiero una niña. Alguien cercano a él insistía en que debía ser varón.
Ese fantasma volvió, pero al nacer Nati hubo alegría y J. ejerció su paternidad con esmero.
Algo se reacomodó en mí. No soy una madre perfecta, pero cuido que ella no dude de su valor por ser mujer.
Mi vida es un idilio si la comparo con la de las mujeres del Medio Oriente, obligadas a desaparecer bajo su burka.
No soy musulmana, pero un velo cubrió mi derecho a disfrutar mi feminidad: el rechazo familiar.
Quiero sentarme con esa pequeña que fui y decirle: no fue tu culpa. Tu existencia no fue una ofensa. Acompañarla como hacen esas amigas contadísimas que caben en los dedos de una mano. Darle su valía.
Ser mujer ha sido reaprender a vivir cuando te enseñaron a invisibilizarte. Reconstruir el valor propio cuando te lo demolieron desde el primer llanto.
Llegué siéndolo y eso también es mi identidad.
No lo cambiaría.
Sólo quiero que duela menos.
He hecho lo mejor que he podido con esta historia.
Surgí sin bienvenidas. Pero continúo. Y cuido a mi hija para que su feminidad no duela como me dolió la mía.
Para que ella sepa que su llegada fue distinta.
Para que nunca dude de su valor.
Y a esa niña que fui, a esa que recibieron con náuseas, le digo ahora: vive. Aunque haya pasado media vida siendo una equivocación, soy lo que construí con los escombros de los que emergí.
Sigo con mis sombras, en un cuerpo de 47 años que alguna vez fue noticia decepcionante.
Este cuerpo que ha procreado, limpiado, cocinado, sostenido, llorado a escondidas, que aprendió a quererse a cuentagotas y todavía busca su fuego, su propia forma de ser en el mundo sólo una mujer.





