Por: José Luis Barrera (@eljosebarrera)
Son tiempos de lluvia y lugares donde buena parte del año hay sequías, ahora están anegadas. Pero esto no es nuevo porque los fenómenos naturales se suceden cada cierto tiempo, aunque pronto pasan al olvido. Justamente, estas son dos historias de tormentas hilvanadas por un solo hilo: el de la escritura.
Uno
Cada vez que llego a Loja, el río Zamora se desborda. En 2021, la última vez que estuve allí, torrentes de color plomizo recorrían las calles convirtiendo a los autobuses en yates. Yo desembarqué del mío en una estación al norte de la ciudad. Llevaba apenas una maleta, la misma que cubrí con mi abrigo para evitar que se mojara.
Por el fango y el agua casi no podía moverme, por eso pedí ayuda a la gente de la estación. Me ignoraron.
-Es que está lloviendo -dijo alguien a manera de justificación.
En la calle, un taxista se ofreció a navegar conmigo, pero cuando supo que mi hotel se encontraba al otro lado del río, desistió. Dijo que no pensaba arriesgarse a que la máquina se le ahogase en el torrente olvidando que ya encontraba dentro de él.

Caminé hacia el oeste de la ciudad en camiseta y con el equipaje envuelto como un bebé. Algunas personas se asomaban a las ventanas de sus casas y me veían combatir con el lodo. En una vulcanizadora me gritaron:
-¡Tápate, loco!
No sé cuánto tarde en llegar al hotel, pero cuando lo hice, en la recepción un guardia me dijo que no podía entrar con los zapatos cubiertos de limo y la ropa mojada. Mi maleta era lo único seco gracias al abrigo.
-Al menos guárdela en la recepción para que no se humedezca -dije quitándole el cobertor improvisado.
-¿Prefirió cubrir su equipaje y no a usted?
Asentí. Y es que, dentro de él, estaba mi computadora, es decir, mis escritos, mi literatura.
Dos
En el norte del Perú el desierto colisiona con el océano Pacífico y a veces las olas son de arena roja. La única separación entre los dos es la autopista Panamericana, faringe de asfalto que transporta tanto la vida como el petróleo de una ciudad a otra.
Máncora es una de ellas. En su margen suroccidental hubo un gran hotel para mochileros y nómadas digitales. Y allí estuve por dos días luego de que un aguacero largo y torrencial hizo intransitable la autopista en marzo de 2023. En la recepción me dijeron:
-Aquí son tan raros estos temporales que el Gobierno hasta les pone nombre; este se llama “Yaku”.

Me asignaron una cabaña muy cerca del mar, pero su ira impedía que me acercara. Lo oía revolverse como si la lluvia le quemase su piel salada. Y luego, entre rugidos, se desbordaba sobre la arena que se había vuelto un pantano repleto de ramas, rocas y desechos de plástico.

Incapaz de soportar el aroma a tierra mojada que salía de la playa, hui de la habitación con mi computadora, instalándome en el restaurante del hotel. Allí, mientras me servían no sé cuántos vasitos de pisco, tecleaba sin frenos tratando de dar a luz un libro que tenía -y tiene- mucho de testamento.
Una camarera, compadecida, me regaló un trozo de pizza y quiso saber qué estaba escribiendo. Le dije que nada. No se sintió ofendida ni rechazada, comprendió que yo nunca había hablado tan en serio como entonces. Nos echamos a reír para no llorar.
-¿Una última copa? -preguntó.
Acepté a sabiendas que esa sería la primera de muchas.


