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Privacidad adolescente vs supervisión parental

July Ruiz
9 Min Read
El reto de acompañar a los adolescentes sin invadir su privacidad ni romper la confianza.

Dónde termina el acompañamiento y empieza la invasión, qué conversaciones necesitan los adolescentes. Un espacio propio y porqué la confianza puede ser una herramienta de protección más poderosa que el control permanente.

July Ruiz / Notimercio

“Es mi hijo, tengo derecho a saberlo todo”. Es una frase que muchos padres podrían decir, especialmente cuando sienten que su hijo adolescente está cambiando, se encierra más en su habitación, protege su celular, deja de contar detalles de su día o empieza a tomar decisiones que antes consultaba con la familia, detrás de esa frase suele existir algo legítimo: preocupación. Los padres quieren saber con quién están sus hijos, qué hacen en internet, quiénes son sus amigos, si están bien emocionalmente, si alguien los está presionando o si están enfrentando un problema que todavía no saben cómo contar. El desafío aparece cuando la preocupación se convierte en la necesidad de conocer absolutamente todo: leer conversaciones privadas, revisar cada fotografía, exigir contraseñas, escuchar conversaciones, rastrear permanentemente la ubicación o interpretar cualquier silencio como una señal de peligro. En la adolescencia, acompañar ya no significa hacerlo todo por ellos, sino aprender a estar cerca mientras empiezan a construir autonomía.

La adolescencia es precisamente una etapa de transición entre la dependencia de la infancia y una mayor capacidad para tomar decisiones. La Academia Americana de Pediatría (AAP) reconoce que los adolescentes desarrollan progresivamente autonomía y capacidad de decisión y considera apropiado que tengan espacios de privacidad, especialmente en determinados ámbitos de su salud. Su política actualizada señala que proteger la confidencialidad puede favorecer la confianza y que los adolescentes pueden ser capaces de tomar decisiones relacionadas con su salud en determinadas circunstancias.

Esto no significa que los padres deban desentenderse, todo lo contrario ya que la privacidad adolescente no es ausencia de supervisión; es una supervisión que cambia de forma. Cuando un niño pequeño cruza una calle, probablemente necesita que un adulto le tome de la mano. Un adolescente necesita aprender a mirar antes de cruzar, identificar riesgos y tomar decisiones. El objetivo de la crianza no es mantener eternamente la mano sobre el hombro del hijo, sino conseguir que, progresivamente, pueda caminar sin ella y sepa regresar cuando necesite ayuda. La pregunta entonces deja de ser “¿cómo puedo controlar todo lo que hace?” y empieza a ser “¿cómo consigo que, cuando algo importante ocurra, quiera contármelo?”.

El celular se convirtió en el nuevo campo de batalla

Buena parte de esta discusión ocurre hoy alrededor del teléfono. Los padres pueden sentir que, porque pagan el dispositivo o el plan de datos, tienen derecho a revisar todo lo que contiene. Pero el teléfono dejó de ser simplemente un aparato tecnológico: para un adolescente puede ser también su espacio de conversación con amigos, expresión emocional, descubrimiento de intereses, construcción de identidad y participación social.

Eso no significa que revisar un dispositivo sea siempre incorrecto, hay situaciones concretas de riesgo en las que una intervención parental puede ser necesaria. Si existen indicios de acoso, explotación sexual, amenazas, autolesiones, contacto con adultos que representan un peligro, consumo problemático u otra situación que comprometa seriamente la seguridad, el deber de protección adquiere un peso diferente. La clave está en que la supervisión tenga una razón relacionada con la seguridad y no se convierta en una vigilancia indiscriminada por defecto.

UNICEF recomienda que las familias acompañen la vida digital de niños y adolescentes mediante diálogo y educación, no únicamente mediante restricciones. Su guía para América Latina y el Caribe plantea precisamente la necesidad de generar conversaciones informadas sobre la relación de los menores con la tecnología y las redes sociales.

Hay una diferencia importante entre decir “quiero saber cómo estás viviendo internet” y decir “dame tu contraseña porque tengo derecho a revisar cada conversación”. En el primer caso se abre una conversación; en el segundo se establece una relación de poder. Y cuando el adolescente siente que cualquier información que comparta puede convertirse inmediatamente en un interrogatorio, un castigo o una pérdida de privilegios, puede aprender algo que ningún padre quiere enseñarle: que es más seguro ocultar que contar.

¿Qué conversaciones necesitan privacidad?

No todas las conversaciones familiares tienen el mismo nivel de privacidad. Un adolescente puede tener derecho a hablar con un amigo sobre una discusión, escribir en un diario, expresar que está enamorado, contarle a alguien que le gusta una persona o conversar con un profesional sobre cuestiones personales sin que cada detalle tenga que convertirse automáticamente en información familiar.

Esto es particularmente importante en temas relacionados con salud mental, sexualidad, relaciones afectivas, identidad, consumo de sustancias, conflictos con amigos o inseguridades personales. Estudios señalan que cuando los adolescentes no confían en que determinada información será tratada de manera confidencial, pueden ser menos propensos a buscar atención o a comunicar información sensible. Por supuesto, privacidad no significa secreto absoluto y esta diferencia necesita ser explicada tanto a los padres como a los adolescentes. Una conversación puede ser privada porque pertenece a su mundo personal; pero si aparece una situación que pone en riesgo su integridad o la de otra persona, el adulto debe intervenir. El adolescente necesita saberlo desde antes: “Hay cosas que puedes contarme y que respetaré como privadas, pero si creo que estás en peligro, voy a buscar ayuda contigo”.

Esa claridad resulta mucho más saludable que prometer una confidencialidad absoluta que después se rompe cuando aparece una situación delicada.

La intimidad también se aprende dentro de la familia

Existe además una dimensión que los adultos pueden olvidar: si queremos que los adolescentes respeten la privacidad de otras personas, debemos enseñarles que su propia privacidad también merece respeto. Pedir permiso antes de publicar una fotografía familiar, no contar delante de otros una confidencia que el adolescente hizo en casa, no burlarse de sus cambios físicos, no revisar sus cosas personales sin una razón y no utilizar información íntima como arma durante una discusión.

Un adolescente que descubre que su madre puede contarle a una tía algo que pidió mantener en privado puede aprender que la intimidad no es un derecho real dentro de la familia y entonces resulta contradictorio pedirle que respete la privacidad de sus amigos, parejas o compañeros.

Criar adolescentes también significa aprender a soltar

Quizá una de las partes más difíciles de la maternidad y la paternidad sea aceptar que los hijos comienzan a tener un mundo que ya no conocemos completamente. Tienen conversaciones a las que no asistimos, escuchan música que no conocemos, tienen códigos con sus amigos, descubren sentimientos que nunca nos cuentan, cometen errores lejos de nosotros y construyen opiniones diferentes a las nuestras.

Y eso no necesariamente significa que nos estén perdiendo, significa que están creciendo y el desafío consiste en que esa independencia no se convierta en distancia emocional. Para eso, el adolescente necesita saber que puede tener una puerta cerrada y, al mismo tiempo, una puerta emocional abierta; puede decir “no quiero hablar de esto” y, aun así, necesitar saber que estaremos disponibles cuando quiera hacerlo y puede cometer un error y necesitar que nuestra primera reacción no sea “te lo dije”, sino “vamos a ver cómo salimos de esto”.

La meta de la crianza adolescente no debería ser saberlo absolutamente todo, debería ser construir una relación suficientemente segura para que, cuando exista algo que realmente importe, el adolescente decida que somos una de las primeras personas a las que quiere acudir.

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