La ciudad congelada en los Alpes

Fernanda Zúñiga
4 Min Read

José Luis Barrera para Notimercio.

Friesach es una diminuta población de Europa central que parece atrancada en la Edad Media. Turistas y carreteras van por su periferia, como si la modernidad se empeñara en alejarse. Y su gente vive allí tranquila e inmune al futuro.

Conocí Friesach, al sur de Austria, en la década de 1990. Entonces era un niño viejo pues, como crecí solo entre adultos, mis intereses y mi forma de ver el mundo eran los suyos. Tal vez por eso me impactó tanto aquella población que parecía de otra época. Al fin y al cabo, igual que un anciano, tenía ya la tendencia a aferrarme al pasado y a olvidar con rapidez el presente.

Friesach se encuentra en medio de los Alpes orientales. En ese tiempo, menos de 5500 habitantes vivían en casitas de techos anaranjados, al pie de una colina donde reina el castillo de Petersberg.

Mucho antes, sin embargo, el lugar era estratégico porque la ciudad estaba en uno los pocos pasos naturales de los Alpes capaces de conectar el mundo germánico con el noreste de Italia o los Balcanes.  A finales del siglo XI, el arzobispo Gebhard de Salzburgo construyó la fortaleza para proteger la región de los invasores y, sobre todo, del monarca del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero el asentamiento se llenó de artesanos, mercaderes y peregrinos. Y es que las murallas, en lugar de espantar a los extranjeros, los atraen.

Mi familia y yo fuimos por casualidad. De camino a otro sitio, hubo que buscar un hospedaje al anochecer y un letrero en medio de la autopista hizo que nos desviásemos por una ruta secundaria en busca de un hostal. Se trataba de una casa pequeña cerca de las montañas, en cuya recepción una mujer de cabello gris nos asignó dos habitaciones.

A la mañana siguiente, me di cuenta de que allí el silencio solo se interrumpía con el choque de la cubertería en el comedor. Los anfitriones -la mujer de la noche previa y su esposo- tenían muchas sonrisas y poca palabra; solo antes de salir ella nos indicó que estábamos en Friesach y cómo llegar al centro histórico.

El automóvil tardó menos de cinco minutos en hacerlo, pero hubo que cruzar un puente angosto instalado sobre un foso de aguas verdes antes de dar con la plaza principal. Allí, olía a clavo de olor. “No -me dijeron-, huele a petunias”. 

Alrededor de una pileta se apiñaban casitas con ventanas y balcones llenos de flores. En las calles de cemento y piedra antigua, los automóviles, igual que la gente, avanzaban sin prisa ni rumbo. Al fondo, en una colina, se veía al castillo de Petersberg.

En un quiosco compramos una guía turística en español. Leí entonces que el rey Ricardo Corazón de León pasó por Friesach en 1192 y que el foso artificial de la entrada era uno de los pocos sobrevivientes de la Edad Media. Además, me enteré de que, aun cuando la fortaleza se hizo para detener a los extranjeros, la ciudad floreció gracias a ellos y su declive arrancó precisamente luego de que dejaron de aparecer tras el cambio de las rutas comerciales.

Nos marchamos poco después. Mientras el coche se alejaba, yo estaba con la cara pegada a la ventana y por eso tuve la suerte de ver a un halcón bajando en picada hacia Petersberg. “Va a conquistarlo”, me dije y esa noche soñé con él.

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