Por: Lina Reyes Hurtado
Hijo de educadores, Carlos Vásconez nació en Cuenca, Ecuador, en mayo de 1977. Él mismo duda de la fecha exacta. Cuando le pregunto responde con media sonrisa que es el 16, por lo menos así figura en su cédula de ciudadanía, pero él sospecha al cabo que la cifra es el 20. Le gustan los dos números.
Con inquietud afirma que le gustaría la experiencia de vivir en un hotel, pero lo estrecho de esos espacios les impediría a sus hijos jugar a sus anchas, y él mismo se considera un hedonista y un ludópata. Le agrada el ajedrez y le gusta mucho el fútbol. Entre estos dos deportes, él se consideraría futbolista, o futbolero, como prefiere. Su familia es futbolera y, ellos sí, además futbolistas. Su padre destacó en este deporte, convirtiéndose en una leyenda local, junto a sus tíos. No ve televisión, pero cuenta con dos sendos televisores en su casa, en los que, por supuesto, gusta de filmes de otras épocas y trata de estar al corriente con la producción cinematográfica mundial actual. Al respecto, responde que el cine, para él y muchos integrantes de su generación, dadas las circunstancias que se vivían en el Ecuador por entonces (entonces es la década de los ochenta, cuando él cursó su infancia) fue sustancial y alimentó su imaginación: creció viendo películas selectas que los pocos canales que había transmitían los fines de semana. Así, vio, sin saber que presenciaba clásicos y obras maestras, a Chaplin, Orson Welles, John Ford o Billy Wilder con apenas siete u ocho años, y tiene en un altar a Humphrey Bogart. Recuerda con especial afecto El sueño eterno, que, curiosamente, se ha convertido en una de sus películas de cabecera, “que estará en mí eternamente, como un sueño recurrente”, y que es un libro, el de Chandler, que revisita con frecuencia.
Vásconez escribe a deshoras, cuando el hado se lo permite. Le gusta escribir en ordenador, pero dice estarse acostumbrando a hacerlo en lo que tiene a mano, y casi siempre tiene a la mano su teléfono celular, por más que sea un contrincante abyecto de la “tecnologización”, ya que no tiene cuenta en ninguna red social, aparte del WhatsApp. No le gusta en lo mínimo dejar pendiente una conversación y siempre lee todos sus mensajes, asegura.
Ha publicado cuento, novela, ensayo. No se anima por la poesía, pero sus lectores saben que es un excelente poeta, que intercala esa sensibilidad en su forma de narrar.
Quise mandarle una serie de preguntas previas, pero me pidió que no lo hiciera para no caer en términos preparados con anticipación, respuestas que desdecirían (tal fue su palabra) de una verdad, de una autenticidad, pues dice que eso entorpece la diafanidad del diálogo.
Es fabuloso ver cómo los escritores se encuentran tan cómodos entre tiempos, como decía Borges (a quien nuestro autor mencionará varias veces), pero, más que eso, cómo conocen al pie de la letra cada rincón de sus bibliotecas. Usted no es caso distinto. Entre sus casi tres mil volúmenes, usted sabe con exactitud dónde está cada uno de estos. Eso habla de un sentido geográfico o cartográfico notable. En ese sentido, y salvando casos destacados, ¿por qué la mayoría de sus historias no están situadas en un lugar específico?
Porque el mundo es un lugar inespecífico. Es un lugar móvil. “El mundo es un lugar extraviado”, argüía Pessoa. El caso de nuestro país es especial y del todo agradable. El Ecuador es un lugar que ha empezado a ser rastreado en las últimas décadas, pero recuerdo bien que cuando estuve en Inglaterra, la mayoría de estudiantes universitarios confundían al Ecuador con casi cualquier otro país, o, de plano, se limitaban a emparentarlo con la palabra que divide al mundo en dos. Y hablo de gente que estudiaba en la Universidad de Oxford, personas que andaban con libros bajo el brazo todo el día, todo el tiempo. El Ecuador tiene ese estigma de sitio imaginario, lo que da cabida para que todo quepa en él. Por eso tenemos cuatro estaciones en un día, sierra, costa, oriente y península; por eso nos maravillan a cada instante nuestros tonos de voz, nuestra idiosincrasia tan disímil entre vecinos, incluso. Este es un país que nos inspira y conmueve, sin duda alguna, y ubicar en un territorio determinado una historia puede resultar en una redundancia. Estamos en cualquier lado y pertenecemos a cualquier lado. No niego que en esta característica de mi producción literaria no tenga algo que ver el hecho de buscar hacer algo internacional, o universal.
¿Qué peso tiene en usted la música? Veo que guarda una considerable colección de discos en acetato y CD´s, sobre todo de música angloparlante.
Para todos, la música es prioritaria. No me considero un melómano, pero sí un amante de la buena música. Más bien me autocalificaría como un seleccionador riguroso. Desde siempre seleccioné mis amistades, mis afinidades y lo que no me simpatiza. No digo, no puedo decir que ostente un gran gusto, que mis selecciones sean las mejores, pero procuro empaparme de un tema antes de abordarlo de cualquier manera. La música está entre esas selecciones, entre las cosas que prefiero que pasen por un filtro antes de consumirlas. Hay demasiado tiempo en esta vida como para desperdiciarlo oyendo calamidades armónicas o ansiedades sexuales, que son los temas preponderantes en la llamada música urbana. La contemporaneidad se ha encargado de retocarnos el gusto. Si antes éramos seres que caminábamos con música en nuestros pasos, y así aprendimos a actuar, cabe preguntarse cómo estamos andando hoy en día.
Mi último libro de cuentos hasta la fecha es Somos veneno. En este hay música. Hay otras cosas, pero más lo que hay es música. Todavía pienso y repienso sobre el tema musical que nos marca la vida. A mis veinte años, recién regresado de un periplo europeo, acudí al museo del Banco Central de Cuenca y mientras recorría los pabellones pictóricos sonó una melodía que supongo que es hindú, dada su composición y la instrumentación. Era simplemente una música. Me fascinó al punto que regresé al día siguiente a averiguar qué era eso, pues la música ambiente del museo era colocada en un sistema de sonido, pero el encargado no tenía idea y no supo encontrar el casete empleado ese día. Aquella melodía me persigue hasta hoy. Durante muchos años, cuando no podía conciliar el sueño, la tarareaba y me sirvió mucho para entrar al sueño de manera plácida. No la olvidó pero no la puedo ubicar. Quién sabe y esa no será la última melodía que entenderé antes de la tumba.
La literatura está colmada de música y músicos. No hay una sola gran novela en la que no haya una melodía en el fondo, advertida por el narrador o que los lectores escuchamos, aunque el narrador no la mencione. Hay una música ahí, la música de las tres de la mañana, digo yo. Esa de cambiar de página cuando todos duermen, con la luz de la ventana encendida, para que los borrachos la usen de faro y no naufraguen antes del amanecer (esta última idea no es mía, es de Cees Nooteboom). La música está omnipresente, aunque muchos la queramos apagar, o callar a base de sartenazos que se nos ha dado por llamar reguetón.
¿Qué género prefiere oír?
Rock, jazz, música clásica, baladas karaokeras.
Casi todo amante del rock ama a Leonardo Favio o Camilo Sesto, ¿por qué se dará este suceso, que a primera vista es tan dicotómico?
No lo considero dicotómico en lo absoluto. Pero el efecto se da por un caso generacional. Crecimos oyendo a los unos y soñando en ser los otros. El rockero de cepa admira la buena música, y con el tiempo uno entiende que esas baladas románticas contenían algo más que una buena voz y una composición melódica, había una fuerza vital en esas canciones que se vuelve inevitable. A los chicos de hoy, que escuchan música descompuesta (no deconstruída, que eso sería fabuloso), les va a ocurrir que un buen día abrirán los oídos y no sabrán lo que escuchan cuando escuchen a Emmanuel, pero se sentirán extasiados, y querrán bailar a su ritmo, o sea, hallarán el ritmo, y cantarán a viva voz “Ella está siempre en portada, a toda plana, cada mañana, en el diario de mis penas”.
¿Qué piensa si digo Bob Dylan?
Genio.
¿Y Leonard Cohen?
Poeta.
¿Y David Bowie?
Que usted sabe cuáles son mis gustos.
(Risas)
¿Por qué daría la vida sin duda alguna?
¿No nos la jugamos a diario? Por mis hijos, por mi familia. Hay amigos por quienes uno ya dio la vida.
¿Mataría por sus creencias?
Tan solo moriría por ellas. O en ellas, mejor.
¿Le gustan las entrevistas?
Me las hago a diario. Siempre me pregunto qué pasaría si… Es casi un acto reflejo vivir en medio de preguntas.
Usted es buen conversador. No todos los escritores lo son. Me consta que algunos se quedan mudos ante la belleza, o tartamudean, que usted considera que es una descortesía. Dicen que saber conversar es saber oír. ¿Cree que eso es cierto?
Tengo oído. Pero creo que no todos tenemos la capacidad para escuchar a nuestros personajes internos. Ni siquiera grandes escritores lo han conseguido. Sí Shakespeare, que fue todo un coreuta. No Goethe, cuando habla uno de sus diálogos es como si escucháramos al mismo actor interpretando varios roles.
Conste, yo también enmudezco ante la belleza, pero no permito que mi lengua me domine, así que yo la domino y hablo para ella, no ante ella. Porque la belleza es muy rencorosa si no se les dicen bien las cosas. Por eso los escritores callamos, hasta dar con el término adecuado. Algunas veces he encarado a la belleza. Es de terror. Tiene la fuerza del diablo, que es el ser más bello creado por el Hacedor, recordémoslo. La belleza nos puede aplastar si no la enfrentamos con el verbo adecuado. Siento que la mayoría de las personas, luego de estar enfrente de ella, sienten que deben buscarla por todas partes hasta quitarse de la boca, o de la pluma, las palabras que no le dijeron. La belleza así causa problemas, muy serios, de amargura. Cuando vea usted a alguien amargado por cualquier lugar, sepa que estuvo frente a la belleza, corporizada de alguna manera, y que no tuvo los arrestos para engalanarla y hacerla suya. La belleza, que es muchas bellezas, huyó en busca de un buen palabrero.
Recapitulo. Me agradan los diálogos al crear. Gracias a ellos se puede expandir una idea y también profundizar en ella. Son menos egoístas que las descripciones, por ejemplo, aunque estas también aporten, a su modo, a una generación estética que sea válida. Posiblemente las mejores sorpresas en una historia sean generadas por los diálogos. Lograrlo en una descripción en principio se me antoja innecesario, ya que el devenir ético va de la mano de la gloria. Dígase lo que se diga, al final escribimos, como leemos, para alcanzar la gloria de una frase precisa, eso es llegar a la luz, esa profana, esa derrota.
¿La luz es un símbolo de fracaso?
Sin duda. Del fracaso de la oscuridad.
Una vez imaginé a una persona que escribía en la oscuridad. Luego pensé, ¿no será que Dios ha hecho eso con nosotros? Ha escrito en la oscuridad, nosotros somos su letra, su grafía, su esperanto. Escribe una palabra al juntarnos. Y de trazar rapidísimo sobre su papel que es el universo, prende luces, somos ráfagas.
Eso es muy poético.
Ya quisiera yo ser un poco poético. La poesía es una especia en extinción, y por eso necesita de todos los estados una subvención y protección. Los poetas de verdad necesitarían guardaespaldas.
Usted ha mencionado en más de una ocasión que solo los equivocados escriben para el público.
Es que es como hablar para el público, lo que convierte al locutor en un ente político. La literatura no esta exenta de una notable carga política, pero esta siempre aparece ladeada, como un pretexto para la estética inmensa que entraña. La literatura debería ser escrita para el tiempo, para el pasado, para que lo lean nuestros héroes muertos. No imagino nada mejor que emocionar a Kafka o a Chesterton o al gran lector que fue George Steiner. Cuando pretendo escribir para alguien en específico, el camino solo me lleva por otros derroteros. Hay una confusión hermosa que me enrumba por otros lados. Al cabo que tengo que pedir alojamiento en lugares inesperados, y casi siempre los anfitriones son demás hospitalarios.
Usted es un devorador de libros.
Todo un bibliófago, sí señora.
No todo escritor es un buen lector. Me consta.
Y no todo buen lector es un escritor válido. Quiero explicar que aunque leo, no lo hago con avidez. No como con avidez. Me gusta paladear las palabras. ¿Le he contado antes que hay muchos libros que me impedía a mí mismo acabar?: prefería, con un placer que casi era éxtasis, imaginar cómo acababan. Me dolió mucho el final de Bella del señor y ni se diga el de Justine de Durrell. Eran mejores las alternativas que mi mente me dio. Los relatos de Henry James me causan lo mismo. En cambio, cuando leo a Alexiévich o a Olha Tokarczuk, me quedo boquiabierto porque la narrativa que tienen me conduce al desenlace de una manera inesperada, así sea algo muy breve, quiero llegar.
¿Hay alguna palabra que aborrezca?
Democracia en labios de un tirano.
Usted ha mencionado que la mentira sostiene a la literatura. Eso quiere decir que su opinión de las novelas autoficcionales o del yo no es del todo buena.
Hay grandes novelas de autoficción que son espléndidas, pero son un cúmulo de mentiras. Eso es evidente. Leamos a Knausgård cuando detalla los nervios que sentían él y su hermano en la pubertad ante la inminente llegada a casa de su padre. Dice el autor que todo el lugar sentía una electricidad negativa ni bien su progenitor ponía un pie en la vivienda. Eso ¿puede ser verdad? Imposible. Es una percepción enteramente literaria. Él es un gran escritor, eso lo remarco. Mi inconveniente con la autoficción es que es casi autoayuda. Hay que ser muy vanidoso para pretender que lo que nos pasa es tan interesante como para contarlo, con el añadido de que la mayoría de escritores somos muy aburridos, con vidas monótonas y dichosas. Quizá los poetas sean otro cantar.
Quienes apelan a esta forma de crear (si cabe el término) se sienten satisfechos, y eso es imperdonable. Tal vez los hombres perdonen semejante temeridad, pero no los dioses, ellos nunca.
A ver, respóndame con claridad: ¿usted miente mucho, al escribir y cuando no lo está haciendo?
Una vez me dijo Oswaldo Encalada, a quien aprecio notablemente por su calidad humana e intelectual, que si yo no sabía mentir no sabía hacer nada. Creo que no le creo todavía del todo, pero sí sé que miento hartamente cuando escribo y cuando no escribo, intento escribir, es decir que intento mentir. Pero mentir en un plano especial, como ponerle al mapa del mundo una epidermis encima que sea idéntica al mapa del mundo. Borges contó un cuento así, que tampoco era suyo, era una mentira. Lo que hizo Borges con ese cuento, con esa usurpación, era simplemente alargar nuestra capacidad cognitiva, hacerla más amplia, más ancha, más honda y más alta, pero, más que nada, la hizo más cierta. Sin Borges ese cuento, esa historia sobre los cartógrafos que hacían mapas a tamaño natural, no habría llegado a nosotros, y se habría perdido, o por lo menos para la mayoría de potenciales lectores. ¿Cuánto nos creó Borges como humanidad? ¿Cuánto entendemos el mundo a partir suyo? Quien lo lee, sabe que ha ganado algo valioso, algo más bien invaluable. Ha ganado la conciencia de un orbe “borgescéntrico”, alrededor del cual orbitan las primeras voces de la literatura universal, pero aún más, orbitan las ideas y las memorias y lo que sabemos que no tenemos a la mano pero que algún día cogeremos.
Científicamente está comprobado que todos mentimos, todos los días. No sé si la ciencia, para variar, se ha equivocado, pero hay alguna mentira piadosa, como cuando me veo al espejo y me digo que me veo bien, para no sentirme el Minotauro que sale a este laberinto, famélico y listo a ser derrotado por cualquier Perseo. Lo que sí sé es que mentir es un arte, pero que hay que mentir con arte para que lo sea. Es decir, que es un poco complejo el asunto. La mentira burda, elevar los precios de un comestible, por ejemplo, no es un gesto poético. Sí lo es mentir sobre el alcance de nuestro olfato y afirmar, sobre el mismísimo nombre de Dios, que podemos percibir la presencia de un estafador a leguas de distancia, todo un Jean-Baptiste Grenouille.
Y no me vaya a preguntar si al escribir no narro episodios por lo menos cercanos a la realidad o a mi experiencia personal, porque es evidente que así es. He notado que una historia se parece en algo a un suceso que he vivido al momento de corregirla, cosa que me causa un placer bárbaro. Me encanta corregir mis cuentos y novelas, es como decirles a mis personajes: “lo siento, recapitularemos sobre sus errores, y lo siento el doble porque estos serán más fuertes y dañinos, al punto de que sus existencias se volverán imborrables”. Y es entonces cuando noto que mi vida se entromete en mi gesto creativo. Soy apenas alguien que endereza las malas crianzas hasta volverlas hechos determinantes, memorables. Por eso Dios no aparece por ningún lado, porque Él no corrige, Él permite el desarrollo de sus personajes. En eso Shakespeare se le parecía, no tenía tiempo para nada, lo entretenían demasiado todos los caracteres que se le agolpaban de pronto y que le demandaban existir. Shakespeare no podía hacer otra cosa que rendirse ante ellos, porque el dolor de cargar por dentro a tantos es el mayor de los padecimientos.
Su bardolatría no mengua, más bien incrementa con los años.
No puedo evitarlo. Las fuerzas se me caen de las manos, es algo visible, se oye cuando tocan tierra y se despedazan, y eso ocurre cuando me piden que escriba el nombre del ser humano más grande que existiera jamás. Aparte de los profetas y mesías, Buda, Mahoma y Jesucristo, no concibo alguien con esa capacidad de hacer del mundo un lugar en el que quepan otros mundos. Las otras ciencias tratan de que este mundo sea tal cual es. La literatura coloca capas sobre la materia existente. Es la epidermis sobre la epidermis.
Vuelvo sobre mis pasos: ¿hay algo que Carlos Vásconez desprecie profundamente de las entrevistas?
Que casi nunca son buenas, y eso es responsabilidad del entrevistador, pero, sobre todo, del entrevistado. Uno creería que es el entrevistador, quien formula las preguntas, quien conduce una entrevista, pero no, tiene que ver más con el personaje a quien se le cuestionan las cosas. Su estado de ánimo, su estabilidad intelectual o su aceptación de la entrevista. Hay una predisposición que es tan importante como el conocimiento profundo de la materia que se trata. No se puede simplemente preguntar porque sí ni responder porque sí. Y debe haber una fusión entre entrevistador y entrevistado, química, si se prefiere. Sí, creo que esa es la palabra, química. Sin química no hay energía, y a esa química proveniente de la energía se le llama amor.
He leído entrevistas muy malas. La mayoría de entrevistas son malas, repetitivas, incluso absurdas. Se nota con claridad que uno de os dos miente, quien pregunta o quien responde. Hay una entrevista en el programa Apóstrofes en que Bernard Pivot le pregunta una serie de sandeces a Nabokov. Se siente que no lo respetaba como escritor, que incluso le temía como ser humano, por no decir que lo aborrecía. Al verlo, me preguntaba yo si Pivot, gran entrevistador, por otra parte, no tenía entonces una hija, una nieta o alguien de la edad de Lolita, y veía en Nabokov a un depredador sexual.
También hay otros casos de sumisión absoluta del entrevistador al entrevistado, en que la lambisconería triunfa a tal grado que las preguntas son alabanzas carentes de objetividad. Eso aplana al paisaje hasta volverlo un desierto de concreto, insípido e incoloro, en el que lo único bueno será caminar sin parar viendo la propia sombra, siguiéndola.
Pero lo peor de las entrevistas es cuando carecen de imaginación, cuando uno de los dos personajes implicados en el gesto de preguntar y responder no adquiere vuelo literario. El conocimiento es útil, pero se puede responder con absoluta entereza con pura imaginación. Cuando he visto las entrevistas de Borges, ya ciego, me quedo absorto por un detalle particular. Borges no sabe cómo es el rostro de quien lo entrevista, así que lo va creando mientras recibe respuestas, y sabe él, a la perfección, la cara del otro. Sabe si está dudando de lo que Borges ha dicho, o si se siente regocijado por alguna respuesta. Borges es el guía ciego de todos los que lo ven, “tuertos entre entuertos”, como diría él mismo. Su imaginación resuelve el problema íntimo de toda entrevista. Su imaginación va más allá.
¿Alguien le ha hecho a usted buenas preguntas?
Una buena pregunta es retórica por excelencia, y aquí radica el problema. Las buenas preguntas no requieren respuesta alguna, o simplemente no la tienen. Pero sí, me han hecho buenas preguntas. Una vez me preguntaron cuál era el mejor chiste del mundo. No cuál era mi chiste favorito. Esa es una pregunta valedera, porque las bromas o los chistes, que no son lo mismo, no tienen escalafón. Me he preguntado mucho cuál es el mejor chiste del mundo, y como no he dado con respuesta, he pensado en inventármelo, ya que el mejor chiste varía con los tiempos, porque no es literatura ni arte. La literatura y el arte no cambian con el paso de los siglos, de los milenios, su poder radica en su atemporalidad. Un buen chiste hoy no habría sido entendido en la época de Dante, en ninguna parte, y posiblemente no sea bien entendido en épocas futuras. Tal vez nuestros hijos, nuestros nietos no sean capaces de reírse tan elementalmente como nosotros de lo que a nosotros nos desternilla.
¿Es bueno contando chistes?
Soy pésimo, por eso me río con facilidad de los chistes de los otros. Pero no soporto las burlas. La burla es una demostración de una ignorancia supina. Creo tener buen humor, creo ser alguien que conserva en su interior la felicidad primaria con la que vine al mundo. Puedo estar equivocado, pero este sería un error que me satisface.
¿Hasta qué punto le interesan los modales? Alguna vez, en otras circunstancias, usted me mencionó que los modales le resultan básicos para escribir.
Quien carece de modales exhibe su mal gusto y su falta de temple. Y el carácter es básico no solo en la vida sino muy en especial en el acto creativo. Quien se burla de los demás a mansalva y desde el aspecto sardónico, no puede extraer de sí una sensibilidad superior, que sea la que logre que su obra se humanice y sea comprendida por los lectores, por distintos que sean estos, por épocas variadas en que vivan y escriban. Otra cosa muy diferente es la ironía.
Si me preguntara usted sobre cuál es el origen de mis historias, me atrevería a hablar de los modales. Son modales las etiquetas, ciertamente, pero sobre todo las creencias. Tener fe en el prójimo es un modal, es una determinación. Y no puedo concebir escritor que se precie de tal que no tenga fe en un posible lector, perdido en el tiempo, que lo acogerá con la paciencia y la astucia necesarias para captar el sonido de su respiración. Así que no existe tal cosa como un escritor falto de fe. El más nihilista de todos, profesa una fe absoluta por los lectores y la humanidad, y los cuida y los trata bien con el propósito de serles recíproco.
Usted afirma que su principal fuente de inspiración es la alegría…
No he dicho eso. He dicho que el detonante de mi escritura es la alegría, pero antes de eso hay una preparación especial, casi los ingredientes de la pócima, que son adquiridos de diferentes formas. Estos pueden proceder de la ternura o la tristeza, de una noticia catastrófica o de una lectura desinteresada que termina provocándome que la reescriba.
Y en todo caso, si tuviera que decir qué me inspira es la paz. A lo largo de mi vida literaria, solo pude leer cuando me hallaba mal, a la fuerza, como si no hubiera un mañana y supiera que el mundo está ante el fin. Leyendo las últimas letras que podría hacerlo, pero con el pensamiento inequívocamente volcado al suceso primordial. En cambio, cuando las cosas adquieren sosiego, yo puedo respirar y contemplar con entereza el entorno. Quizá el cuento y la novela son diferentes en estos campos. El cuento puede (y quizá deba) surgir de un sentón. La novela urge de una concentración eficaz.
Pero ¿usted goza mucho escribiendo?
Es que escribir es una extensión de leer, y gozo sobremanera cuando leo. Me gusta leer reposadamente, lentamente. Es una extraordinaria forma de detener el tiempo, o, quizá valga más decir, de manipularlo. No concibo a literatura de la amargura o del odio. Esa es un alma desalmada, como quien vive en la amargura y en el odio. Entiendo que muchos intentan exorcizar sus demonios, pero no saben que a los demonios hay que amaestrarlos, y el amaestramiento es muy divertido.
Usted ha escrito trabajos por encargo…
Estamos andando en círculos sobre el mismo territorio. Bueno, así es la vida porque el mundo es circular. Así es, he escrito bajo encargo, como si me solicitaran retratos. Eso he practicado en especial ante prólogos, introducciones o presentaciones de libros y de arte plástica o música. Es simpático ver cómo los otros nos incentivan y cómo nos convierten en la mejor versión de nosotros mismos, aunque las mejores ideas surjan del tedio. Enfatizaré que muchas de las cosas que más me han satisfecho han sido solicitadas por otros. Hay un cuento escrito el año pasado que se basó en una imagen propuesta por Juan Carlos (Tuga) Astudillo sobre un oso que estuvo colgado en una casa vecina suya por varias semanas. De ahí brotó Todo está roto. Y Todo está roto es uno de mis mejores cuentos, eso devino en mi mejor libro de cuentos que lleva el mismo título.
¿Qué cosa no le inspira?
No creo que exista tal cosa. No sé si a mí, creo que a todos. En principio, y tal y como afirmaba Umberto Eco, todo es apto para la filosofía, por lo tanto (extiendo yo), todo es apto para la creatividad. He aquí entonces que la autoficción que mencionábamos hace instantes, es plausible como un perfecto modelo de creación literaria, ya que nuestra propia vida puede ser muy valedera como inspiración. Aunque me quedo con Séneca y su frase: “No permitas que tu vida esté basada en la vida real”, que años después tomaría Groucho Marx y la difundiría en una de sus inolvidables películas.
Pero posiblemente no me inspiren las groserías.
¿Alguna en concreto?
Joder. Detesto esa palabra. Es una palabra que jode la lengua de quien la dice. Yo sé que es coloquial en muchos sentidos y lugares, y que se ha vuelto de uso arbitrario, pero eso no disminuye mi animadversión hacia ella. Soy hipersensible con las palabrotas, pero sé que no hay escritor que se precie que no las diga con total magnitud, ampliándolas, dándoles la rimbombancia que merecen. Una mala palabra bien dicha es clavar la flecha de Guillermo Tell en la diana, merece vítores y aplausos. Pero he hallado que no decir una grosería cuando se la debe decir es una auténtica maravilla para quien está preparado para oírla. Este se queda atónito, se le ha movido el piso, no sabe dónde está ni quién es y empieza a rezarles a dioses que nadie se ha inventado ni que han inventado a nadie para que los creen, para que les den nueva vida y les expliquen el significado de esta.
¿Qué les escribiría a sus tres hijos, que son muy pequeños ahora, si supiera que va a morir mañana, tal vez por estragos de esta pandemia de covid?
¿Cómo testamento?
Tal vez. O como una carta para que la lean post mortem.
Pues les escribiría una novela a toda velocidad. Si es por covid, posiblemente sería muy mala, pues desvariaría, pero si pudiera mantener el equilibrio mental, lo haría sin dudas, aunque sea bajo dictado.
¿Usted escribe muy rápido? Entiendo que una novela breve, El hijo de las dos memorias, la escribió en dos o tres semanas vertiginosas. Igual caso con El remendado.
Pero me toman años en el proceso de corrección, que bien puede considerarse una reconstrucción literaria.
Me gusta sentarme y acabar. Creo que la paciencia está sobrevalorada, aunque Kafka tiene razón de que es por falta de paciencia que salimos del Paraíso y que por falta de paciencia no volvemos a este.
Pero el covid no estranguló el entendimiento.
Pero sí lo debilita. Si yo adquiero un catarro, ya soy un completo inútil, un postulante a espantapájaros o añoviejo. Para lo único que sirvo entonces es para criticar a mis equipos de fútbol favoritos (que son tres).
Al fin y al cabo, no les escribiría un instructivo para la vida. Ya tienen para eso a su magnífica madre, a sus abuelos, a sus tíos, a sus primos y demás personas. Ya tienen para eso a Perec y La vida instrucciones de uso o a Bryce Echenique y Un mundo para Julius o a Fernando Savater y Ética para Amador. Ya tiene para eso a los poetas, desde Whitman hasta Stevens, pasando por Vallejo y Dávila. Lo tienen a Bukowski, para saber qué no hacer y a quién no odiar, y a Ezra Pound. Para eso ya tienen a Chesterton y a Tolstoi o a Robert Walser y a D.H. Lawrence y a Alice Munro y a esa joya que es El corazón es un cazador solitario. Si quieren saber de la vida, ya tiene a Faulkner y a los Compson y a los Bundren para que entiendan que la vida es una injusticia magnifica, hecha en base a múltiples pedazos de justicia. Así que lo único que yo les pedo legar es mi imaginación, que es donde ellos residen, aunque no lo quieran así, acomodados en la cima del Himalaya o en las profundidades del océano, comandando el Nautilus.
¿Trata de ser ingenioso cuando le preguntan algo?
Ser ingenioso es ser repetitivo, es esforzarse por cautivar, y el que se esfuerza por excelencia no lo consigue. La gente más ingeniosa cuenta las mismas anécdotas, solo varía el tono, pero no el sentido último de la literatura. Recordemos que la esencia de la estética es la trama; si se quiere, la sorpresa.
El ego, ¿es indispensable para crear con solvencia?
El eco es indispensable. El ego fue el causante de que Narciso fuera vampirizado y perdiera su reflejo en el agua. Pero fue su viuda, Eco, quien cantó sus penas de amor. El ego atrofia la figura y el eco conserva su belleza.
Claro que hay una confusión muy posmoderna sobre el papel del eco, y no entienden que muchos escriben, y producen en general, lo hueco.
Algunos de sus exégetas han hallado en usted como dato curioso que combina como pocos con sapiencia un estilo refinado de narrativa con una historia que siempre aspira a ser sorprendente, que intenta engalanar al lector. Aseguran que se trata de una característica difícil de hallar, no solo en escritores vivos, sino en general en la historia de la literatura. ¿Qué opina sobre esta opinión, que he escuchado provenir de varios críticos e incluso editores?
Lo primero que intento es que la palabra, convertida en frase, sea quien me sorprenda. No soy hábil para planificar un cuento o una novela. No es que piense con los dedos, al escribir. Creo que las historias también son buenas guías, y que me llevan de paseo hacia donde yo no sabía que quería ir. El asunto es que debo invitarlas como lo merecen y para eso está el lenguaje. Nada te reclama dignidad como la literatura. Y para ser correspondido, tienes el deber de exhibir buenas maneras.
Iréne Nèmirovski, John Banville, Henry James, Alice Munro, Joseph Conrad, William Faulkner, James Joyce, entre tantos otros escritores me han enseñado que una escritura sincera y comprometida con la misma literatura trae consigo un amplio bagaje de sorpresas. ¿Sabe cuál es el verdadero tesoro que halló Alí Babá? Aprender el santo y seña, saber decir “¡Ábrete, Sésamo!”
¿Esos son sus referentes literarios?
Ellos y unos quinientos más. Es increíble como a cada relectura surgen nuevas voces en uno. Recién releí Stoner, de John Williams, y he quedado absorto ante tamaña obra. La primera vez me quedé sin palabras. La segunda vez, el libro me las devolvió. Eso es crear un referente, pienso yo.
El escritor es un mago que, aunque no lo parezca, usa las dos manos para el truco. En la una, la que se ve, engaña al lector con piruetas y adivinanzas, pero es la otra, la escondida, la que ejecuta la magia.
Los escritores estamos destinados a buscar toda la vida la forma en que la carne sea perdonada por el verbo. La vida, sus formas de manifestarse, son trucos verbales para entretenernos. La palabra es la piedad que siente nuestro espíritu de nuestro cuerpo débil y mortal.
Si le invito a sacarse la lotería, ¿qué me respondería?
Que ya la gané. No voy a intentarlo de nuevo. Despilfarré el premio gordo. Es que sacarse la lotería es un tanto vulgar. Dejen la suerte para los hombres sin imaginación.
Parafrasea a Proust, ¿le da placer hacerlo?
Todo lo que he hecho en esta entrevista ha sido paráfrasis. Como decía George Perec, no hay mayor placer que parafrasearse a uno mismo y que los demás piensen que esa frase es de otro.
Usted me confesó un día que había escrito frases suyas y que se las había endosado a autores famosos. Es un plagio al revés, aunque eso no está castigado.
Pero es un castigo no ser reconocido. En esta vida no aspiramos otra cosa que un monumento con nuestro nombre tallado. Pero lo hice por venganza. No querían colocar mis frases, así que dije que eran de escritores universales. No dudaron entonces en gastar dinero para colocarlas en lugares públicos. Me encanta pasar por ahí y ver mi frase reluciendo y saber que alguien la leerá y se la aprenderá. Al final es todo como en el principio, la literatura le pertenece al prójimo.
¿Y si alguien es, como usted dice, no literato sino literatura, ese alguien, a quién pertenece?
Al escritor. Al escritor le pertenece el mundo. Es una responsabilidad tan grande que solo puede sobrellevarla con whisky, o volviendo a nacer, que da lo mismo.
¿Tiene una forma, un estilo característico? Hago esta pregunta a sabiendas que no es así. Usted varía, pero su voz, la voz de Carlos Vásconez, es inequívoca, así como la intención de no nombrar los lugares ni darles una característica definida.
Mis cuentos son disímiles, tanto en su estructura, cuanto en su origen y en su mismísimo estilo. Cuentos que buscan su propia voz, su propio sendero y esa melodía que los caracterice, que los individualice. La factura de cada uno depende de lo que cada uno me demandó en su debido momento, cuando empecé a esbozarlos o cuando definitivamente lo escribí a punta de distracción, concentración y ardor. En todos mis libros de cuentos, no los escribo mediante un leitmotiv o argumento congregacional; más bien, surgen de un ánimo que tal o cual momento me brinda, o al que tal o cual momento me mueve, me tienta, me conmociona. Se trata de historias que han sido creadas merced a diferentes impulsos. Es cierto que el escritor tiene que aprender a reposar, a poner la cabeza y las ideas que esta carga encima en remojo, para luego pasar a colgarlas del tendedero hasta que se sequen y puedan ser revisadas y reutilizadas. En este sentido, yo siempre me he jactado, vanidosamente, por supuesto, de ser más un corrector que un escritor. Quizá sea esta una mentira autoinfligida para no sentirme un ser apurado que cree, como creo y recalco hasta el hartazgo, que la paciencia está sobrevalorada. Sin embargo, sí corrijo, y lo hago mucho, al punto de perder de vista, en ocasiones, el asunto central. Por eso también he preferido, con cierta inconsciencia característica, que un texto fluya por su propia cuenta y dejarlo descansar, no ya con el objetivo de corregirlo luego, sino para leerlo después y confirmar por mis propios medios que me había adelantado a mis propias expectativas. Y es que con los cuentos, a veces con las novelas y mucho con los ensayos, al acabar de escribirlos me he sentido vacío, desasosegado, acabado, finiquitado, como si no hubiese hecho nada. El punto final es el arribo al fracaso, eso lo sabemos de sobra, por eso es un asunto de las tripas seguir escribiendo eterna, condenadamente, y corrigiendo en busca del amor perdido en el acto de creación. Luego, y casi siempre por motivaciones exteriores, lo que quiere decir, casi siempre luego de brindarlo para la lectura de algún sesudo personaje cuya excepción a la regla de ser perfecto ha sido encontrar mi amistad, he descubierto, para mi pasmo, que ese cuento, que ese pasaje, que esa novela vale la pena. Es una constante en mí que las cosas descansen para adquirir lo que no les di, experiencia, experimentación y ex cátedra. Entonces, esos cuentos que están dispersos por mi aventura escritural, adquieren una condición de imanes que hacen que se atraigan unos a otros, por más extraños que entre ellos parezcan.
Puedo decir que varios cuentos míos fueron escritos bajo pedido. Y me atrevo a agregar que a veces son los mejores.
La novela es otra cosa, tan distinta, tan amplia y tan artificiosa, que es un deleite emprenderla. Escribir una novela es conocer los sellos sagrados y tratar, con uñas y dientes, de forzarlos. El hijo de las dos memorias, La mariposa y el alfiler y Nosotros los de siempre, mis últimas tres novelas publicadas me trajeron unos placeres que la muerte no podrá extirparme, nada lo conseguirá. Cuando recuerdo soñar, mi sueño es escribir. Recurrente.
De entre todo lo que implica la publicación de un libro, le he dado mayor relevancia para la composición de mis cuentos y novelas últimos, al ambiente, que siempre es una extensión del personaje y a la manera de escribirlos. Me refiero en estricto al lugar en el que los he redactado, a la comodidad o la nulidad de esta para hacerlo, usando qué recursos. No nombro a los lugares por un simple hecho, porque no me siento perdido en ningún sitio. Y creo, fervientemente, que solo cuando nos perdemos, o cuando tenemos riesgo de hacerlo, nos llamamos de alguna manera. Nada puede morir sin un nombre, porque eso implicaría que lo muerto será olvidado. Quizá sea solo una idea loca, pero en la locura nacen las ideas. Perdón las paradojas.





