Gaby Astudillo / Para Notimercio
Lo imagino desde arriba, con un reloj implacablemente limpio en la muñeca, mirándonos y diciéndonos con el brillo de sus ojos: «Tranquilos, tranquilos, hay que darse tiempo, hay que darse»
Dicen que uno nunca se va del todo mientras alguien lo recuerde, y yo recuerdo al Minito todos los días. Han pasado ya cuatro años desde que partió, pero sigue presente en cada conversación familiar, en cada risa y hasta en cada partido del Deportivo Quito, su equipo del alma. Bastaba escuchar su voz emocionada decir “y dale y dale Quito dale!” para que toda la casa se llenara de vida. Era un hincha fiel, de esos que nunca se rinden, y aunque no alcanzó a ver a su equipo ascender de nuevo, su esperanza se quedó tatuada en todos nosotros.
Mi padre fue un hombre apasionado por el cine. Podía hablar durante horas sobre actores, directores o escenas clásicas. Era una enciclopedia viviente del Hollywood de los 60, 70 y 80. Amaba Ben-Hur, Cleopatra, Rocky y, por supuesto, Rambo. Sabía nombres, fechas y escenas como si tuviera un archivo en su mente. A veces pienso que heredé de él esa fascinación por las historias, por los finales con moraleja, por las emociones que solo el séptimo arte puede despertar. Cuando escribo o veo una película, siento que él está ahí, a mi lado, comentando la trama o criticando si el actor se merece un Oscar. Él veía el cine como un espejo de la vida: con luchas, derrotas, gloria y amor.
El Minito fue también un trabajador incansable. Pasaba fines de semana en la feria de autos, donde se ganó el respeto de todos. Era un maestro del convencimiento; podía venderte lo invendible con una sonrisa y un apretón de manos. Decía que su vida de comerciante comenzó en Colombia, vendiendo mapas. Esa anécdota la contaba con tanto orgullo que parecía una película de superación. Su frase más famosa “ya mijita, hay que darte, hay que darte” la decimos todavía entre risas cuando alguien pide algo imposible. Era su manera graciosa de prometer sin prometer o dar a entender que los sueños toman tiempo, pero llegan.
Era tan buen comerciante que muchas veces llegaba a casa sin dinero, pero con un televisor nuevo, un parlante o algún electrodoméstico que “le había salido en un negocio”. Mi mami solo lo miraba con resignación mientras él, feliz, decía: “¡Mira lo que conseguí de yapa!”. Su maletín era otro tesoro: lleno de relojes finos que cuidaba como joyas. Pasaba horas puliéndolos, ajustándolos y manteniéndolos “flamantes”, como sus autos de venta. Ese brillo en los relojes era el mismo que tenía en los ojos cuando hablaba de la vida.
Más allá de todo, mi papá fue un hombre generoso, no siempre le favoreció la fortuna, pero cuanto algo tenía, hacia llegar a todos. De humor pícaro y corazón inmenso. Amaba, a su manera, profundamente a su familia y adoraba a sus nietos, especialmente a Romina, la más pequeña, quien tuvo la suerte de disfrutar su cariño hasta el final.
El 8 de junio se fue de forma inesperada, dejándonos con un silencio que al principio dolía, pero que con los años se ha vuelto paz. Ahora entendemos que su partida fue solo una mudanza a otro plano, desde donde nos acompaña con la misma actitud y ese brillo en los ojos que lo caracterizaban. En este Día de los Difuntos, cuando Quito se llena de aromas a colada morada y guaguas de pan, pienso en el Minito y en cómo estaría feliz de vernos reunidos, recordando anécdotas, viendo una película clásica o cantando un gol del Quito. Imagino que desde arriba, con un reloj impecablemente limpio en la muñeca, nos mira y dice: “Tranquilos… hay que darse tiempo, hay que darse.”
Y sí, papá, nos damos el tiempo. El tiempo para recordarte, para reírnos y para agradecerte haber sido, el mejor protagonista de nuestra historia.






