“SI DE NOCHE AL PASAR, TU CORAZÓN SE ESTRUJA…”

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Fotografía familiar de Roberto Gómez Bolaños.

No importa cuántas veces vea “El Chavo del 8”, “El Chapulín Colorado”, “Chespirito”, “El Dr. Chapatín”, siempre lanzo nuevas risotadas con los mismos chistes, con las mismas caras, con las mismas anécdotas, esas que se riegan una tras otra hasta empañar con sal mis dilatados ojos negros.

Nostalgia. Porque no importa si lo veo con mi esposo, un fan irrefutable de Roberto Gómez Bolaños, sola o con mis hijas, quienes ya conocen cada personaje. No importa si el ruido de los miles de canales y plataformas inundan las pantallas, que traen las mejores series y películas del planeta, que suenan como un estruendo guiando los temas de conversación que tendremos cada semana: cuando se cruza “El Chavo del 8” me detengo y lo siento como la primera vez que mi papá nos llamó a su cuarto, el lugar donde estaba la única televisión de la casa, y a la misma hora y por el mismo canal nos reunía para desternillarnos de risa sin parar, encontrando cada semana las versiones más hilarantes en cada nuevo episodio, aprender en la clase del Profesor Jirafales o temblar de miedo cuando una vecindad en tinieblas me susurraba los pasos de los “espíritus chocarreros”.

Todo era hasta dar con la puerta de la Bruja del 71 y conocer las entrañas de esa habitación que hasta hoy me despierta el suspenso a lo largo de mi cuello mientras, de memoria, recito una de las canciones más épicas que he aprendido y transmitido a mis pequeñas, como una continuidad cultural entre nosotras: “Si de noche al pasar, tu corazón se estruja, es porque debe andar, cerca de ti alguna bruja. Pronto, pronto, hay que huir, porque si te alcanza te podría convertir en burra mansa…”.

Nostalgia. Porque a Chespirito no solo se lo ve, se lo respira, se lo vive, se lo toca. Ese fue uno de los espacios más simbólicos en mi casa. Cuando pienso en el Chavo es inevitable escuchar la risa sonora de mi papá, mirar rodar las lágrimas más felices de mi hermano mayor o vibrar con la sutil voz de mi otro hermano -el tercero-, quien cada vez que hacíamos algo sin sentido común no dudaba en deletrarnos un entretenido “torrrpeeee”, y si por alguna razón, no lográbamos obtener lo que queríamos, siempre nos salvaba un determinante “al cabo que ni quería”.

Nostalgia. Porque sin titubeos sé que sus capítulos, sus canciones, sus dichos, sus consecuencias, esas que hoy podrían entenderse como violentas, en ese entonces y cada vez que se vuelve a encender ese rostro tan acogedor me oprimo hasta volverme chiquita y la amnesia pide permiso para descubrir cómo aquellos chispasos de alegría forman parte esencial del cuento que soy, de las líneas que me escriben, de las palabras que me unen, de las enseñanzas que me arropan, de los mimos que me acarician, de las arrugas que me rayan los labios.

Nostalgia. Porque no importan las revelaciones que sacuden o las confesiones que rompen alrededor de este mítico personaje. Siempre reiré a carcajadas, siempre lloraré desamparada y ahora, más fuerte que nunca, cuando vea por una vez más las luces de la vecindad apagarse y encontrar a un Chavo huérfano y cabizbajo, cargando su hatillo al hombro y arrastrando sus pies mientras una música triste lo saca del solitario barril que siempre ha sido su hogar.

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