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Cuento: La Chilena se actualiza

July Ruiz
4 Min Read
Cuento: La chilena se actualiza.

Por: Dorys Rueda

La Chilena llevaba siglos apareciéndose por las noches en las viejas calles de Quito.

Pensó que, después de tanto tiempo, su historia habría servido de lección.

Se equivocó.

Una tarde, mientras cruzaba el parque El Ejido, escuchó conversar a dos muchachas de unos veinte años. Caminaban despacio, con los celulares en la mano, absortas en una conversación que parecía preocuparlas.

—Estoy segurísima de que tiene otra.

—¿Por qué?

—Porque anoche estuvo conectado hasta las dos de la mañana.

La Chilena siguió caminando.

Un poco más adelante escuchó otra conversación.

—Ya no me quiere.

—¿Qué pasó?

—Le dio «me gusta» a la foto de una compañera del trabajo.

En los días siguientes escuchó discusiones por mensajes en visto, fotografías de perfil y corazones enviados por error.

Suspiró.

Los siglos pasaban, pero los celos seguían siendo los mismos.

La Chilena empezó a preocuparse.

No por los celos.

Por la falta de imaginación.

Decidió hacer algo.

Mandó imprimir unos avisos y los pegó discretamente por el Centro Histórico.

TALLER GRATUITO PARA PERSONAS CELOSAS

Expositora: La Chilena

La primera noche llegaron veinte personas.

La segunda, más de cincuenta.

A la tercera ya no alcanzaban las sillas.

Había amigos con derechos, novios, esposos, separados, divorciados…

Y un señor que aseguró asistir únicamente por curiosidad, aunque revisó el celular cuatro veces antes de que empezara la charla.

La Chilena esperó a que todos se sentaran.

—He venido a hablarles de los celos.

Varias personas sacaron sus celulares para grabar.

La Chilena frunció el ceño.

—Así empezamos mal.

Guardaron los teléfonos.

La Chilena recorrió el salón con la mirada.

—Veamos qué los trajo hasta aquí.

Un muchacho levantó la mano.

—¿Y si cambia la clave del celular?

—Pregunte.

Desde la segunda fila intervino una señora:

—¿Y si borra una conversación?

—Averigüe.

Otro asistente levantó la mano.

—¿Y si llega oliendo a un perfume que no conozco?

La Chilena hizo una pausa.

—Pregunte primero. Imagine después.

Un hombre del fondo levantó la mano.

—¿Y si está «en línea» y no me contesta?

—Espere.

—¿Y si pasan veinte minutos?

La Chilena lo miró.

—Usted necesita el curso avanzado.

Las risas recorrieron el salón.

Una mujer aprovechó la confianza.

—¿Y si pone el celular boca abajo cuando me acerco?

—Observe.

—¿Y si además lo pone en modo avión?

La Chilena volvió a mirarla.

—Siéntese junto al señor del curso avanzado.

Otra mano apareció al fondo.

—¿Y si dice que no es lo que estoy pensando?

La Chilena guardó silencio.

—Eso depende.

Todos se inclinaron hacia delante.

—¿De qué?

—De lo que usted esté pensando.

Hubo un murmullo.

—¿Y si jura que no tiene nada que ocultar? —preguntó alguien.

—Siguiente pregunta.

Un hombre de la primera fila levantó la mano con cautela.

—¿Y usted nunca fue celosa?

La Chilena lo miró en silencio.

—Este curso dura una hora. Mi historia, bastante más.

Nadie volvió a levantar la mano.

Dicen que el taller continúa.

Al terminar cada sesión, La Chilena recoge sus apuntes, apaga las luces y vuelve a perderse por las calles de Quito.

Los asistentes salen mirando sus celulares.

Algunos llaman.

Otros escriben.

Otros revisan la última conexión.

La Chilena los ve marcharse.

Suspira.

El curso de la próxima semana ya está lleno.

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