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De arrullarte con Arjona en tu cuna a tomar tu mano y cantar juntas: el regalo de mi vida

July Ruiz
5 Min Read
Cantamos y lloramos tomadas de la mano, reviviendo mi juventud y su infancia. Una noche inolvidable llena de amor y gratitud.

Mi hija me regaló mi sueño: ver a Ricardo Arjona muy cerca.

Alexandra Molinero / Para Notimercio

Una cita solo para nosotras llegó el 5 de agosto. Mi hija me entregó un pase personalizado para ver a mi artista favorito, Ricardo Arjona. Al ver su nombre, las entradas y aquella nota que decía “Una noche inolvidable solo para las dos… acompáñame a cantar”, la paz abandonó mi pecho. Pasé 24 horas de insomnio total, con la mente fija en el reloj, entre espejos, maquillaje y el vestido más bonito de mi armario, ensayando cada letra. Anhelaba con el alma estar cerca del poeta de mi vida.

El día del concierto, los nervios me dominaban a tal punto que al llegar a la entrada del Estadio Atahualpa comencé a temblar. Sentía miedo, ansiedad y una emoción desbordante; por un momento pensé en no entrar. Pero al cruzar la puerta, la fortuna me bendijo de golpe: el personal de producción nos eligió a solo cuatro personas para ir directo a la tarima principal. Nos ubicaron justo al frente, a escasos pasos del centro del escenario. La espera terminó cuando el telón cayó y la escenografía cobró vida, recreando la mística de un cabaret repleto de actores, luces y bailarines. Cuando la figura de Arjona apareció y resonó esa voz gruesa, profunda y transparente, el llanto me brotó del alma al escuchar el tema inédito que abrió la velada.

Tras esa primera bienvenida, la producción nos reubicó en la tercera fila, junto al escenario secundario. Durante la primera mitad del show, las pantallas gigantes reflejaban cada detalle de su rostro. En un instante, la compostura se desvaneció: la multitud se puso de pie, nos subimos a las sillas y el estadio entero rugió a una sola voz bajo una hermosa locura colectiva.

Entonces ocurrió el milagro. Ricardo caminó desde la tarima principal hacia nuestra plataforma. Lo tuve a escasos metros, tan alto, tan firme y con la galanura intacta de los años. Lanzó un beso al aire hacia nuestro rincón, cruzó miradas con nosotras y comenzó a entregar sus mejores versos. Canté a pulmón herido junto a mi hija, esquivando letreros entre la multitud para no perder de vista ni un solo segundo su presencia.

Lloré de emoción durante los 30 minutos que estuvo frente a nosotras. Cuando regresó al escenario principal para el tramo final, la chispa se reavivó con Historia de un taxi, Señora de las cuatro décadas y El problema. Además, rompió el libreto para escuchar al público y complacer con las canciones que le pedían; todas morimos de amor cuando interpretó Pingüinos en la cama.

El broche de oro llegó con los acordes de Mujeres, acompañado de un emotivo mosaico con fotos de sus fans en pantalla. El estadio estalló en miles de voces femeninas cantando al unísono. Sentí que el alma se me salía del pecho; no sabía si llorar, reír o gritar, solo me dejé llevar. Era mi primer concierto de Arjona, un sueño postergado durante años, y el artista se lució como un verdadero gigante sobre las tablas.

En medio de esa última canción, los recuerdos me invadieron de golpe. Mi mente viajó décadas atrás, a mi juventud, a aquellas tardes en casa cuando bañaba a mi pequeña hija con esos mismos temas de fondo. Y ahí estábamos, años después, frente a él, juntas y tomadas de la mano. Fue una mezcla sublime de nostalgia, triunfo y amor puro.

Regresé a casa completamente afónica. Mi esposo fue a recogernos y, al verme tan ronca pero radiante, se alegró inmensamente sabiendo que acababa de cumplir el sueño de mi vida. Nos llevó a cenar y esa noche dormí con una paz y una dicha indescriptible, con el corazón rebosante de gratitud eterna hacia mi hija por haberme regalado la noche más hermosa de mi existencia.

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