La Botica Bristol de Riobamba, fundada en 1942, fue consumida por un incendio que acabó con la única botica que aún preparaba fórmulas magistrales, lociones y cosméticos a base de recetas de otra generación.
Magaly Villacrés / Para Notimercio
Frente al emblemático Parque Sucre, punto de encuentro de la ciudadanía riobambeña, solo quedan paredes ennegrecidas, el olor a madera quemada y una desolación profunda. Es la evidencia del flagelo que consumió varios negocios en pleno sector patrimonial de la urbe.
Ahí estaba, desde 1942, la Botica Bristol, fundada por Julio César Rivas y Luisa Yépez de Rivas, «Doña Luchita». No era una botica más. Era la última. La única en la ciudad donde todavía se trabajaba con materias primas y procedimientos artesanales, donde cada preparación parecía obedecer a un saber heredado y paciente. Hasta los envases conservaban la sobriedad de otros tiempos, como si el paso de los años se hubiera detenido entre sus frascos antiguos, estanterías y muebles de madera. Todo allí parecía empeñado en conservar una esencia que ya casi no existía: la de una botica que se resistía a desaparecer.
Aquí se preparaban más de 400 fórmulas magistrales: aguas de azahar, lociones faciales, linimentos, pomadas, cremas hidratantes y champús de diversas clases. Muchos de aquellos productos, hoy evocados con nostalgia, nacían de recetas transmitidas de generación en generación. En cada frasco convivía la memoria y el saber de quienes las habían elaborado antes. Fue Julio César Rivas quien empezó a diseñarlas cuando los médicos aún recetaban compuestos y los boticarios los preparaban, combinaban y medían conforme a lo que requería el cliente. Llegó a ser considerado uno de los mejores boticarios de la región.
«Recuerdo de niña, cuando iba con mi madre en busca de agua de rosas y crema para las quemaduras. Entrar a la botica era como regresar en el tiempo», recuerda una cliente de toda la vida, mientras mira con asombro cómo el fuego consumió esta parte de sus recuerdos. En aquella botica todo fluía en armonía: el esmero por la atención, el ritmo pausado de las preparaciones, el aroma de las lociones y el sonido de los frascos que se abrían y cerraban detrás del mostrador.
La Botica Bristol sobrevivió a las crisis, a los embates de la modernidad y al asedio de las grandes cadenas farmacéuticas, con sus modelos de negocio ajenos al espíritu que durante décadas sostuvo aquel lugar. Lo hizo por algo que no cabe en una fórmula comercial: la calidad de sus preparaciones y la cercanía construida, cliente a cliente, a lo largo de los años
A partir de 1960 la ciudad vio entrar a la industria farmacéutica con todo su ruido. El mercado se inundó de nuevas marcas y el negocio propio mermó. Aun así, resistieron. Tenían algo que los nuevos no podían fabricar: nombre y tradición. Su estrategia no fue competir en vitrinas, sino mantenerse fieles a unas fórmulas trabajadas en Riobamba como herencia, no como producto. Eso los mantuvo a flote.
Mientras otros crecían en número, la Bristol permaneció fiel a su manera de hacer las cosas, a esa confianza que se cultivaba tras el contacto afable y que convirtió a muchos compradores en rostros conocidos e incluso en amigos. Quizá sea precisamente ese carácter, el mismo que la mantuvo en pie hasta la tarde del incendio, el que ahora le permita levantarse de entre las cenizas.
Daniel Rivas, administrador y nieto del fundador y heredero de ese legado, es quien hoy camina entre los escombros de la empresa familiar, buscando las huellas de una historia que todavía se niega a terminar.
La casa, un patrimonio de la memoria
La patrimonial casona fue construida en 1908. Como un cofre de memoria guarda momentos únicos de familia y hechos que marcaron la historia del país. Desde uno de sus balcones, convertido en tribuna política, el expresidente José María Velasco Ibarra pronunció la frase: «Denme un balcón y seré presidente».
Una botica que se transforma y permanece
El laboratorio se fundó en 1942 y desde entonces casi nada se movió de su lugar. Solo las balanzas cambiaron: las pesas metálicas dieron paso a las electrónicas. El olor también se mantuvo: la mezcla de hierbas, la rosa mosqueta y la calidez de sus trabajadores daban fe de que la memoria conserva un aroma.
En Ecuador quedan apenas entre 5 y 6 boticas tradicionales con laboratorio propio para la preparación de fórmulas magistrales y remedios artesanales. La histórica Botica Bristol de Riobamba es un ejemplo icónico.
En 2012 Daniel Rivas tomó las riendas del negocio familiar. Desde el primer día supo que la fórmula para que la botica siguiera viva no estaba solo en los recuerdos. Mantuvo la calidad y efectividad de los productos, la atención personalizada y la creatividad para reinventarse sin perder la esencia.
Ese mismo espíritu lo llevó a mover piezas. Rivas modernizó el logotipo de la empresa, logró el registro sanitario de sus 10 fórmulas más vendidas y sacó la marca del mostrador para promoverla en redes sociales. Adicionalmente, puso en marcha un proyecto basado en el prestigio de sus fórmulas magistrales, dermatológicas y cosméticas: Boticas Comunitarias pensadas para llegar a más barrios. Una sucursal funciona en el barrio Santa Rosa, y otros puntos de atención están distribuidos estratégicamente para abastecer a la urbe.
Con el aplomo de quien ha librado batallas, Daniel Rivas expresó en redes sociales sus primeras declaraciones. A pesar de la consternación, en sus palabras se siente gratitud, fortaleza y una paciencia terca para reiniciar. Está golpeado, pero no se rinde. Ha reunido valor para animar a su equipo de trabajo: «La Botica Bristol no es la casa, no son los productos (…) la Bristol ya no es nuestra, es de Riobamba. Es un legado. Vamos a levantarnos a la forma Bristol», asegura.
Se quemó el local, pero no se quemó la fórmula. La Botica Bristol es tradición, es cuidado, es alma para seguir creando fórmulas magistrales hechas con supervivencia y amor.


